LAS
LANZAS COLORADAS (1931)
Edgardo
Rafael Malaspina Guerra
1
Las
Lanzas Coloradas (1931), de Arturo Uslar Pietri, es la mejor novela histórica para conocer, de
forma amena, los primeros tiempos de la Guerra de Independencia.
Es
una obra ficticia pero con fondo muy realista. Los personajes son inventados,
pero no los hechos que acontecen desde que se inicia la guerra, pasando por la
insurgencia de Boves, hasta el triunfo de José Félix Ribas en la batalla de La
Victoria.
Uslar
Pietri muestra que la Guerra de Independencia fue, en realidad, una guerra
civil. Las clases sociales altas toman sus decisiones sin titubear mucho: o
están con los realistas o están con los patriotas.
Los
de abajo, como los esclavos, se alzan en armas, pero no saben a quién apoyar.
Es cuestión de resentimiento, y también del destino. Se irán detrás de la
primera tropa que se cruce en su camino. Como en todo conflicto político están
también los indiferentes, que igualmente
sufrirán los embates de la guerra, precisamente por esa apatía.
PÁRRAFOS
1
INÉS:
LA INDIFERENTE.
Dijo
dentro de la casa un mozo grueso a una muchacha pálida que dejaba correr la
mano sobre el teclado de un clave.
—La
guerra, Inés, es algo terrible de que tú no puedes todavía darte cuenta.
En
el salón decorado de rojo y dorado, sonó la voz fresca de la mujer:
—¿Qué
nos importa a nosotros la guerra, Fernando, si vivimos felices y tranquilos en
“El Altar”? ¿Qué puede hacernos a nosotros la guerra?
Fernando
era un poco grueso, con el cabello y los ojos oscuros y el gesto displicente.
Su hermana Inés era una joven pálida, vestida de negro, con los ojos iluminados
y las manos sutiles.
2
ESTUDIOS
DE LA ÉPOCA.
Bien se aprendía algún verso de Horacio:
pallida mors… No; ahora veía al maestro de Filosofía, sabio y silencioso. Iba
penetrando en las causas de las cosas, porque antes veía; pero ahora solo
empezaba a comprender. La gracia platónica y la eficacia aristotélica.
Aristóteles, divino maestro, y Tomás de Aquino, y todos los que habían sabido
ver el interior de las cosas. Ahora, ciertamente, era otro. Sentía la ebriedad
de ir comprendiendo. Estudiaba lógica; lo admiraba el diáfano mecanismo del
pensamiento, las proposiciones universales y las contrarias y las
contradictorias; las reglas del silogismo. Bárbara, celarent, darii… La prueba
ontológica de Dios. Ya no era el mismo. El problema de los universales, si los
géneros y las especies… Estaba cambiado.
Era
una linda cosa eso de cerrar los ojos y ponerse a caminar por dentro del
espíritu. Prescindir de la realidad. ¿De cuál realidad? Porque si la que nos
rodea, la podemos abolir con cerrar los ojos, la otra, en cambio, persiste. Las
sombras platónicas en la pared de la caverna. La sola realidad del espíritu
conociendo; del espíritu en el momento de conocer. ¡Ah! Era como una divina
borrachera, como un profundo sobrecogimiento. El mismo “busca a Dios dentro de
ti”, de Cristo. Lloraba de emoción. Por la hendidura de los párpados cerrados brotaban
las lágrimas. Conocía la égloga profética de Virgilio: “He aquí que renace en
su integridad el gran orden de los siglos, he aquí que torna la Virgen, que
torna Saturno y que una nueva generación desciende de las alturas del cielo”.
De las alturas del cielo desciende lo nuevo, descenderá lo nuevo; de las alturas
del cielo al hondo mar del espíritu. El mar del espíritu. El viento bate sobre
él en contrarios caminos. El viento sonoro. Ya no lloraba: ahora siente un vago
ruido. Suena el viento en las hojas del patio. Suena lejos.
3
EL
GUÁRICO EN LA GUERRA.
El
camino de polvo amarillo se veía más amarillo entre los árboles verdes y bajo
el sol claro. Comenzaron a caminar con prisa. El posadero les decía adiós, agitando
la mano. Antes de cruzar por un recodo se detuvieron para decirle un último
adiós.
—Adiós,
pues, y muchas gracias —gritaron con ironía.
No
con menos les respondió el hombre:
—¡No
hay de qué! ¡Que Dios les dé buen viaje!
Y
alzando más la voz:
—Y
por si les sirve de algo, los godos andan por San Juan de los Morros y los
insurgentes por la Villa.
¡Ya
lo saben, pues!