CRONISTA OFICIAL DE LAS MERCEDES DEL LLANO.

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LAS MERCEDES

miércoles, 11 de junio de 2025

LAS LANZAS COLORADAS

 

LAS LANZAS COLORADAS (1931)




Edgardo Rafael Malaspina Guerra

1

Las Lanzas Coloradas (1931),  de  Arturo Uslar Pietri,  es la mejor novela histórica para conocer, de forma amena, los primeros tiempos de la Guerra de Independencia.

Es una obra ficticia pero con fondo muy realista. Los personajes son inventados, pero no los hechos que acontecen desde que se inicia la guerra, pasando por la insurgencia de Boves, hasta el triunfo de José Félix Ribas en la batalla de La Victoria.

 

Uslar Pietri muestra que la Guerra de Independencia fue, en realidad, una guerra civil. Las clases sociales altas toman sus decisiones sin titubear mucho: o están con los realistas o están con los patriotas.

Los de abajo, como los esclavos, se alzan en armas, pero no saben a quién apoyar. Es cuestión de resentimiento, y también del destino. Se irán detrás de la primera tropa que se cruce en su camino. Como en todo conflicto político están también  los indiferentes, que igualmente sufrirán los embates de la guerra, precisamente por esa apatía.

 

 

 

PÁRRAFOS

1

INÉS: LA INDIFERENTE.

Dijo dentro de la casa un mozo grueso a una muchacha pálida que dejaba correr la mano sobre el teclado de un clave.

—La guerra, Inés, es algo terrible de que tú no puedes todavía darte cuenta.

En el salón decorado de rojo y dorado, sonó la voz fresca de la mujer:

—¿Qué nos importa a nosotros la guerra, Fernando, si vivimos felices y tranquilos en “El Altar”? ¿Qué puede hacernos a nosotros la guerra?

Fernando era un poco grueso, con el cabello y los ojos oscuros y el gesto displicente. Su hermana Inés era una joven pálida, vestida de negro, con los ojos iluminados y las manos sutiles.

2

ESTUDIOS DE LA ÉPOCA.

 

 Bien se aprendía algún verso de Horacio: pallida mors… No; ahora veía al maestro de Filosofía, sabio y silencioso. Iba penetrando en las causas de las cosas, porque antes veía; pero ahora solo empezaba a comprender. La gracia platónica y la eficacia aristotélica. Aristóteles, divino maestro, y Tomás de Aquino, y todos los que habían sabido ver el interior de las cosas. Ahora, ciertamente, era otro. Sentía la ebriedad de ir comprendiendo. Estudiaba lógica; lo admiraba el diáfano mecanismo del pensamiento, las proposiciones universales y las contrarias y las contradictorias; las reglas del silogismo. Bárbara, celarent, darii… La prueba ontológica de Dios. Ya no era el mismo. El problema de los universales, si los géneros y las especies… Estaba cambiado.

Era una linda cosa eso de cerrar los ojos y ponerse a caminar por dentro del espíritu. Prescindir de la realidad. ¿De cuál realidad? Porque si la que nos rodea, la podemos abolir con cerrar los ojos, la otra, en cambio, persiste. Las sombras platónicas en la pared de la caverna. La sola realidad del espíritu conociendo; del espíritu en el momento de conocer. ¡Ah! Era como una divina borrachera, como un profundo sobrecogimiento. El mismo “busca a Dios dentro de ti”, de Cristo. Lloraba de emoción. Por la hendidura de los párpados cerrados brotaban las lágrimas. Conocía la égloga profética de Virgilio: “He aquí que renace en su integridad el gran orden de los siglos, he aquí que torna la Virgen, que torna Saturno y que una nueva generación desciende de las alturas del cielo”. De las alturas del cielo desciende lo nuevo, descenderá lo nuevo; de las alturas del cielo al hondo mar del espíritu. El mar del espíritu. El viento bate sobre él en contrarios caminos. El viento sonoro. Ya no lloraba: ahora siente un vago ruido. Suena el viento en las hojas del patio. Suena lejos.

3

EL GUÁRICO EN LA GUERRA.

El camino de polvo amarillo se veía más amarillo entre los árboles verdes y bajo el sol claro. Comenzaron a caminar con prisa. El posadero les decía adiós, agitando la mano. Antes de cruzar por un recodo se detuvieron para decirle un último adiós.

—Adiós, pues, y muchas gracias —gritaron con ironía.

No con menos les respondió el hombre:

—¡No hay de qué! ¡Que Dios les dé buen viaje!

Y alzando más la voz:

—Y por si les sirve de algo, los godos andan por San Juan de los Morros y los insurgentes por la Villa.

¡Ya lo saben, pues!

 

 

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